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Caperucita ofende














El otro día le pegaron una paliza a un joven con el craneo afeitado porque sus agresores creyeron que era un skin. La pescadilla se muerde la cola. Si sales a la calle, ten cuidado de no tener el pelo muy largo o muy corto porque se está rifando una hostia y aunque no quieras tú tienes una papeleta; si es azul te zumban los rojos y si tu papeleta es roja te curran los azules. Poco a poco nos van acotando los espacios por donde movernos. Si tu estilo es formal y votas al PP, no te pongas una camiseta de esas con la bandera de España bordada al cuello, no te engomines hacia atrás, sobre todo si te encuentras en ciertas zonas de Malasaña en Madrid. Si tienes el pelo largo y vas tiradillo no te metas en los bajos de Aurrera, ni incluso en la Plaza de los Cubos. Aunque, en realidad, la hostia te la puedes ganar estés donde estés y vayas como vayas, porque hagas lo que hagas tal vez estés provocando a alguien. Y ya sabes, si estás provocando lo normal es que al final te partan la cara.


En los pasados Carnavales se me ocurrió disfrazarme de Caperucita Roja. Sí, sé que suena terrible, pero todo fue muy improvisado y lo único que encontré por casa fue una falda roja como de campesina rusa y la cesta de la costura. Pero nada, me hice un par de trenzas, me pinté unos coloretes y unas pecas, y como no tenía coche me cogí el bus. Qué valor eh?. En la parada estábamos un señor mayor, calvete, una pareja poco acaramelada, y un tío joven de aspecto muy saludable. Oye, ni puto caso. Tenía la sensación como de que debía hacer algo. Algo que justificase de alguna manera mi presencia en escena. Probé a echarle una mirada con leve sonrisa cómplice al saludable a ver si se hacía un poco cargo de la situación y me echaba un cable, pero la mirada me salió como de homosexual salidillo. Yo me di cuenta muy rápido y giré la cabeza antes de que él pudiera reaccionar. En fin, el bus vino y yo me agarré a él como un náufrago a una bolsa de plástico. Me subí el primero sin caer en la cuenta de que ahora tenía que hacer cargo de mi identidad, ya de por sí bastante dudosa, a otros veinte sujetos que evidentemente no tenían otra cosa que hacer que mirar a los que suben. Por el rabillo del ojo vi la última fila libre y nada más pagar me fui medio trotando para allá sin mirar a nadie. El trote fue demasiado rápido, diríase que taquicárdico, y mi gesto serio nada tenía que ver con la expresión dulce e ingenua de una niña. Así que gané mi asiento con la certeza de haber hecho los quince metros más ridículos de mi vida. Disimulando y corriendo a la vez. Tú me dirás.


El paisaje urbano a través de la ventanilla me devolvió un sosiego desconocido. Me sentía bien, uno más. Ese fue el problema, que con el ánimo recuperado intentaba hacer cómplice a gente que veía por la calle. Yo pensaba: en el peor de los casos, les perdería de vista rápido y cuando la cosa funcionara la comunicación sería un nexo con mi cordura.


Llegamos a la altura de Cuatro Caminos y yo me sentía seguro, graciosillo incluso. Vi un par de jóvenes que me miraban y yo todo resuelto les devolví una sonrisa muy sincera. Creo que me agité las trenzas además para darle más color al momento. Sin embargo, a los dos primeros, que ahora caía en su atuendo, pronto se les unieron otros diez o doce rapados vestidos de negro, chaquetillas verde y botas militares. Y no había duda, me estaban mirando a mí, se acercaban a mí, al gilipollas de la cara pintada que mueve las trenzas desde un autobús. El semáforo recién mudado a rojo me garantizaba un largo minuto para compartir. Al instante, dos o tres de ellos se cuadraban haciéndome el saludo nazi, otro se subió a un banco, se bajó la bragueta y se saco la polla que a mí me pareció enorme, como diciéndome, "te voy romper", y el resto me miraba. Estaban serios. Sentí muy, muy claramente que me querían asesinar, que un gesto en falso y tomaban el bus al asalto. Así que giré lentamente la cabeza con el corazón luchando por salirse del pecho mientras una gota fría como las de Murcia resbalaba por mi espalda. El semáforo duró una vida y media, y yo no moví un músculo con la mirada fija en un desperfecto que tenía la silla de delante, hasta pasados cinco minutos largos una vez arrancó el maldito bus.


Me los imaginaba detrás de mí, en motos, esperando cual coyotes hambrientos el momento en que la nena pisase tierra firme. Creo que debí de adelgazar unos siete kilos del susto, porque al final se quedó en eso. Y sí, yo reconozco que me había estado ganando dos hostias desde el momento en que salí de casa, que apetece mucho partirle la cara a Caperucita, que debí de ser el sueño que siempre quiso soñar un Skin, pero joder, que era Carnaval.


Sin embargo, la duda que tengo ahora es lo que decía al principio: qué es exactamente lo que les provocó, ¿mi disfraz penoso?, ¿mi irreverencia al saludarles?, ¿mi pelo largo? podía haber llevado peluca. Eso es lo malo, hoy en día, hagas lo que hagas, en un grado o en otro, tal vez estés provocando a alguien. Yo, mira tú por dónde, me he quedado con las ganas de saber de qué manera incomodé a los skins. A ver si un día de estos me los encuentro otra vez y se lo pregunto, pero, sin maldad, de buen rollo.

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