• Fede

Crónicas de El Cairo


Hace falta determinación en la vida para cruzar una calle de El Cairo. Hay que creer subjetivamente que esa travesía es posible, aunque no lo parezca, aunque los coches, las mulas, los camiones, las furgonetas, las bicis y las motos ya estén tan apretados entre sí que atravesar esa maraña parezca una broma pesada (es una broma pesada).


Hace falta optimismo y fe en la humanidad. En un principio no hay huecos, aún no estás y no cuentas: objetivamente no se puede cruzar nunca. El tráfico no adquiere su especificidad hasta que das el primer paso y te enfrentas a la revolución industrial, al estrépito de búfalos que viene por ti como diciendo: “A ver cómo te las arreglas para no hacerme perder ni un segundo de más”. El movimiento ha de ser ágil pero no nervioso, decidido pero no arrogante, sabiendo claramente que ellos son lo importante y ellos no se paran. Todo el mundo lo sabe. La duda te puede condenar a la broma pesada o directamente al hospital. Si no sabes lo que vas a hacer, la corriente te lleva consigo. Menos de los que la razón indicaría, pero hay atropellos en El Cairo.


La heterogénea manada cabalga al margen de las normas occidentales de conducción: los intermitentes son ese chiste que nunca recuerdas, los carriles en la calzada son una abstracción matemática, la cebra que inventó los pasos nunca volvió por aquí y las distancias…, cielos, las distancias son una quimera. El primer beso no fue tan cercano como las distancias en El Cairo. En árabe egipcio, distancia y roce deberían ser la misma palabra. Aquí el sentimiento de pertenencia lo da el roce, uno se hace de las cosas que toca y que le tocan; en las tiendas, en los mercados, es inevitable. Además, no se quiere evitar sino favorecer: hombres y mujeres se buscan -sólo entre el mismo sexo-, se abrazan y se besan y se pasean de la mano. Enseguida tienes un brazo encima, un niño que se esconde de una pelea en tus piernas, una presentación. Parece que no hay desconocidos en El Cairo.


Cruzar una calle, entonces, es atravesar un estómago de vaca y salir limpio, es pasar por el río sin mojarse, y como eso es imposible, para cruzar una calle, como para vivir en El Cairo, hay que rozarse, buscar la pintura oxidada de la chapa del auto, acariciar el pelo del caballo macilento en su galopada, oler la madera de la carreta destartalada que viene detrás, abrazar el humo de los escapes, y ¡entonces..! Encimarlo todo con fe. Asomar la nariz más allá y no cruzar en línea recta, sino abrir el ángulo de cara a la corriente, serpenteando. Es importante marcar los tiempos: dejar pasar un coche, ganar tres metros y esperar a que pase otro. Por el trasero acaba de silbarte un camión prehistórico y por delante viene un repletísimo microbús con oreja porque el crío que trabaja con el conductor viaja por fuera. Paradójicamente, dentro de la marabunta uno siente menos el peligro de muerte, flota una suerte de tregua en la que se adivina que vas a salir de esa. Son las endorfinas de alerta que se pasean con regusto por la escena. Ganar la acera contraria es la primera demostración de pertenencia a la ciudad, te encuentras potente y con más vida por delante. Pero sólo tu subjetiva sutileza te va a salvar la vida.


El claxon de los coches es un diccionario entero, un idioma, un complejo tratado de usos y costumbres que todavía desconozco. Fascina su voracidad de comunicación. Pitan si van a acelerar, si van a frenar, si te dejan pasar o si no lo van a hacer, pitan para preguntar: “¿qué haces?, o “qué has a hecho”, “qué vas a hacer”, o incluso “¿cómo estás?”; tocan la bocina si van a adelantar, o si van a dejar hacerlo, si les ha molestado algo, o incluso, si les ha molestado pero no mucho. Y otras veces, en realidad la gran mayoría, no sé porqué pitan. No había ningún coche o peatón cruzando, ni cambio de rumbo, ni nadie con quien hablar, y en ese punto, el cairota aprieta la bocina como hablando consigo mismo, como dirigiéndose al universo mundo y quizás recordándole: “yo sigo aquí“, “todavía estoy“, “oye, que sigo existiendo”. Hacer sonar el claxon es ser de El Cairo. Si no hace falta pitar, aprovechemos el hueco para recordar con un pitido lo que nos gusta el pito, o reflexionemos en voz alta, o vete tú a saber. Seguramente los cairotas tienen un problema de adicción con la bocina y no exageraría si les calificara de bocinómanos (no lo voy a hacer pero si lo hiciera no sería exagerado). No pueden aguantar la tentación de escurrir unos centímetros el pulgar y pulsar el botón retráctil que inmediatamente transmite la orden, su específica nota musical entre el bosque inmenso de jaleos metálicos. Tócala otra vez, Ahmed, quiero oír esa bocina una vez más, ah! En muchos casos, el pulgar sobrevuela al ras el espacio del claxon, lentamente, como seduciéndolo, ansioso por aterrizar cuanto antes. En otros casos, la bocina se acciona con dos dedos atrayendo una palanca a la derecha del volante, que en nuestros coches haría saltar agua sobre el parabrisas y, aquí, el gesto repetido toma la extraña forma de una invitación a venir.


Esta ciudad pertenece al claxon, se despierta con sus murmullos, transcurre en su enjambre, se duerme con sus trompetazos. El sonido de claxon es el ejército de la ciudad, está formado por diez millones de milicias que se representan y luchan, cada una, por sí misma, pero que comparten un método y un fin: “juntarse un poquito para llegar hasta allá“. Con el claxon se escribieron los diez mandamientos de la circulación en El Cairo y bajo su amparo nacieron los primeros hábitos. Lo cierto es que de los mandamientos ya no queda nada en pie y hoy se abraza otra verdad. “La resolución de problemas se aplaza hasta el último momento (volantazo) y ahí ya se verá. Tienes derecho a usar el pito cuándo, cuánto y cómo te de la real gana. Para el resto, búscate la vida” Lo bueno es que fruto del roce, la personas se aprecian y no quieren matarse, ni siquiera hacerse pasar un mal rato. No es nada personal, es que estás en medio.


Sólo el muecín, unos minutos al día, se atreve a proclamar la grandeza de Dios por encima de la jauría de sables, variación infinita de un La Mayor según la oxidación del instrumento.


Una mujer gorda de negro cruzaba la calle condensada en coches y no había hueco para ella, parecía un náufrago en la marejada. Los cuarenta grados del sol se hacían del infierno dentro de su armadura negra, fantasmal. Ahí dentro sólo se respira por los ojos, que ven a medias. Extendió el brazo hacia la manada de hierro y la mano reunió el extremo de sus dedos en un punto y se meneó lentamente, en un gesto muy típico de la cultura latina que significa desaprobación e incredulidad: “¿De qué cuernos me estás hablando?” o quizá: “¿Qué coño haces?”, vendría a decir. Entendí claramente la rebelión de la mujer enlutada, limitada, obstaculizada y acalorada, que se enfrenta sin miedo a la tropa apretada de mulas y camiones entre el humo, con el encanto de una cierta arrogancia. El taxi dobló por una calle y perdí el final de la escena heroica: un símbolo.

(Poco después me enteré de que ese gesto aquí significa simplemente: “Espera”)


Equilibrismo

El hombre de largo blusón azul pálido sostenía en su cabeza un tablón más grande que una puerta completamente tupida con una atalaya de panes. Una mano sujetaba el tablón y otra el manillar de la bicicleta en la que viajaba. Con un pie en el suelo y otro en el pedal, lo vi cruzando una calle. Parecía un montaje, un truco. El hombre esquivó todos los vehículos que venían por su izquierda y al enfrentar el otro carril se encontró con una mediana de separación de cemento de medio metro de alto por uno de largo. Un obstáculo endiablado, inasumible, porque la bicicleta nunca queda estable y hay que rectificar el tablón todo el rato para que no se desparramen los panes. El tipo desenfundó sus movimientos con suavidad y chorros de sangre fría, primero una rueda, luego la otra mientras la primera ya está bajando. Cuando llegó a la otra acera, el equilibrista no saludó al público ni celebró la pirueta. Se perdió enseguida entre las calles, los agujeros y la gente, con su panadería en la cabeza.

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